Cascabeles en la Alhambra  
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Cascabeles en la Alhambra

Los Jardines del Generalife cuentan durante el mes de agosto con un invitado tan universal como poco sigiloso: el otro gran pilar de Granada, el poeta Federico García Lorca

Jardines Generalife, Granada

Los cipreses, los arrayanes, los magnolios, las rosas, los naranjos amargos y las adelfas... los jardines de la Alhambra y el Generalife abren sus puertas cada año cuando llega la primavera para ofrecer al caer la noche su impresionante espectáculo de murmullos. Por allí pasean decenas de personas que hablan en voz muy baja (señal de respeto y comunión a tantas raíces y raicillas milenarias) o se sientan en un banco en absoluto silencio sobrecogidos por la evidencia: los árboles se miran, casi nunca se tocan y, casi siempre, se escuchan. Pero los únicos jardines islámicos medievales de Europa (que han sufrido numerosas y sucesivas intervenciones a lo largo de la historia) tienen durante el mes de agosto un invitado tan universal como poco sigiloso: el otro gran pilar de Granada, el poeta Federico García Lorca.

Así, cada noche, durante casi dos horas, en estos regios jardines donde cantan los grillos y las hojas, se impone el aullido de un espectáculo dedicado al poeta-símbolo y el flamenco. De Los cuatro muleros a La Tarara o (imposible no emocionarse con ella) La baladilla de los tres ríos: "El río Guadalquivir/ tiene las barbas granates. / Los dos ríos de Granada / uno llanto y otro sangre. ¡Ay, amor, / que se fue y no vino! / ¡Ay, amor, / que se fue por el aire!".

Poema del cante jondo. En el Café de Chinitas de Federico García Lorca es el espectáculo de Cristina Hoyos que llena cada noche el Auditorio Teatro del Generalife, al aire libre, bajo la luna, las estrellas y una hilera de cipreses que ya arquean su largo y fino tronco.

La entrada incluye el paseo por los jardines previo al espectáculo. Así que el plan consiste en ver anochecer en paz y pasear por los laberínticos arbustos escuchando las fuentes de agua para luego sentarse en una butaca y dejarse llevar por un espectáculo del que lo mejor que puede decirse es que Lorca, sea como sea, casi nunca falla y lo peor, que a veces se parece demasiado a un programa especial de televisión dedicado a Andalucía en el que la intensidad resulta fatalmente enlatada.

Sobre el escenario: un café con lámparas de cristal y espejos, y allí, entre palos flamencos, bandoleros, toreros, olivos, ríos, gitanos, lunas, pasiones, amor y sangre. En el patio de butacas: filas entusiasmadas de espectadores que, para desgracia de cualquier espectáculo al aire libre, han cambiado el gesto gracioso y refrescante del abanico por el del voraz y omnipresente móvil-cámara. "¡Olé qué bonito!". "¡Olé qué arte!", gritan ante las coreografías que representan el poemario que Lorca dedicó a la soleá, a la saeta, a la petenera o la seguiriya: "Entre mariposas negras, / va una muchacha morena / junto a una blanca serpiente / de niebla. / Tierra de luz, / cielo de tierra. / Va encadenada al temblor / de un ritmo que nunca llega; / tiene el corazón de plata / y un puñal en la diestra. / ¿Adónde vas, siguiriya / con un ritmo sin cabeza? / ¿Qué luna recogerá / tu dolor de cal y adelfa? / Tierra de luz, / cielo de tierra".

Sobre esa tierra de luz sabe mucho Antonio Ángel Salido Ramos, jefe de la sección técnica de jardines, uno de los especialistas que mima este lugar. Antonio Ángel explica que este verano, la tarea más delicada ha sido ver la evolución de unos naranjos que se han transplantado en la zona trasera del teatro y que requieren un cuidado especial. "Somos unos 40 jardineros, y en verano el riego nos ocupa mucho. Ni mucha agua ni poca. El árbol más antiguo es un arrayán morisco que está en el paseo de las Adelfas. Pero él no necesita nada, que le dejen tranquilo y despejado en su zona".

El jardín alto tiene casi un siglo, también se le conoce como Jardín de la Rosaleda de Torres Balbás o Jardín del Laberinto. En 1932 se plantaron 66 naranjos, 600 gladiolos de cebolla, 88 arrayanes, 48 dalias, 300 cipreses, 500 rosales bajos y 100 rosales trepadores. Está formado por paseos rectilíneos, muros de ciprés que crean pequeñas habitaciones entre las que es fácil perderse. Un poco más allá, en la pérgola, una joven ilustra el paseo citando a Bill Clinton (y su ya famoso "en ningún lugar atardece como en La Alhambra") y recordando que no bastan ni un día, ni dos, ni tres, para visitar en condiciones este enorme recinto.

En La Alhambra, y aún más si ya es de noche, es mejor no tener prisa y pasear despacio hasta ver pasar los gatos y, sin ningún esfuerzo, escuchar sus cascabeles colgando.

Elsa Fernández-Santos




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