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Lozère y Herault, los caminos franceses que conducen a Santiago

Cada año 17.000 caminantes recorren la zona, en una ruta que está incentivada y promocionada por la Federación de Randonnee Pedestre

Lozère y Herault

Lozère y Herault

Lozère y Herault

Los lobos de Les Loups du Gevandan, de Sainte Lucie, reciben, aparentemente, con gruñidos, con miradas ciertamente agresivas que ponen distancia al visitante de su hábitat. No es ésta, ni mucho menos, la realidad del comportamiento de los ciudadanos del departamento francés de la Lozère, ni tan sólo la matáfora de los más inhóspitos, que haberlos, no los hay, en estas tierras de fuertes convicciones hospitalarias.

La Lozère és un dulce muy dulce que nunca sienta mal. Es un destino turístico muy cercano a Cataluña, y cercano al latir del corazón de los catalanes. Dulce, es por estos iconos, tanto en verano como en invierno. Los visitantes se despiden de la zona con un grato sabor en la boca. La invitación a un nuevo viaje queda reflejado en el semblante y en la memoria de los amigos que cada año se suman a su larga y tradicional lista de invitados que vienen de medio mundo.

Los lobos de Gevandan, finalmente, se vuelven dóciles y se hacen amigos de los amigos de la Lozère. Los lobos de procedencia polonesa, siberiana y canadiense, se exhiben en un parque donde no existen fronteras de razas, ni colores de piel, ni de hábitat de vida. Una gran lección para el ser humano. Mucho queda por aprender de los canis lupsus.

Pero, la Lozère conjuga a los lobos de este lugar turístico con un valor mucho más universal y religioso en Europa como es la ruta de Santiago. Es, ésta, la más antigua de Francia y nos conduce por espacios y caminos estrechos, complicados, espinosos y muchas veces difíciles de vencer, aunque Santiago, con su ruta francesa, brinda la oportunidad de disfrutar de bellos pueblecitos con encanto que invitan a besar el arte de la piedra histórica del lugar, moldeada por los antepasados en épocas escritas en el libro de las menorias del gótico, románico y renacentista. Los peregrinos fomental la amistad en Aveyron, Contal y Lozère, en el camino de Santiago, en el más antiguo de Francia.



EL OBISPO DE GODESCAL DE LEPUY INSTITUYE LA RUTA FRANCESA

La ruta, que parte de Lepuy Envelay y tiene recorrido por estas tierras hasta Conques, cuenta con historia desde el año 951 cuando el obispo Godescal de Lepuy decide de peregrinar a Santiago. Cientos de miles de personas han llevado a cabo el trayecto desde el sol naciente y hasta poniente, simbolizando la vida y la muerte.

Cada año más de 17.000 caminantes recorren por la zona, en una ruta que está incentivada y promocionada por la Federación de Randonnee Pedestre. Ésta, la GR-65, tiene una longitud aproximada de unos 1.500 kilómetros. El árbol de Sorbier, que se deja ver asiduamente, ofrece sombra a los peregrinos y frutos muy exquisitos para elaborar mermeladas, en vereno.

De la pequeña población de Recoules d’Aubrac hay que destacar su cementerio que está pegado a la coquetona iglesia, donde sus ciudadanos han recuperado piedras de las cercanías, que dan un sabor artístico impresionante. Este cementerio fue fundado por los Caballeros de la Orden de Malta. Las casas de la villa están configuradas, en su gran mayoría, por granito de sus canteras.

En los alrededores, son catalogadas diferentes iglesias de influencia románica y gotica. La de Recoules d’Aubrac es románico puro y corresponde su construción a finales del siglo XI. Se da el hecho de que como en cada una de las iglesias románicas del sur de Francia, los hombres que acudían a éstas se situaban en la parte de superior y las mujeres en la de debajo.

Siguiendo este camino, en un punto donde se encuentran los departamentos de Lozère y Aveyron, surge la abadia d’Aubrac. Llegó a ser la más importante en la ruta peregrina francesa. El paisaje que se divisa siguiendo la señalización roja y blanca (camino) és de colores cambiantes, según la época del año en que se realiza, y la especie vacuna dibuja siluetas que se funden con el sol, las montañas, prados, y los verdes vestidos de su vegetación.

Royal-Aubrac se esconde en un recóndito lugar del camino. Es una residencia para el turismo. A principios del siglo XX venía a ser un sanatorio para el tratamiento y cura de la tuberculosis. La abadia-Hospital, en su historia, fue el polo dinamizador de la zona. En torno a ella se fundaron muchos pueblos. Durante la revolución francesa se incendió y posteriormente se reconstruyó. Llegó a tener una gran riqueza y todo lo que recaudaban iba destinado, exclusivamente, a los monjes.

Caminando se hace camino, y en su trascurso el peregrino se encuentra con pequeñas poblaciones que tienen el sello de pintorescas, como la de Nasbinals. Está rodeada por 5 lagos glaciares.




SAINT-MICHEL GRANDONT, UN LUGAR DE CULTO DESDE HACE 5000 AÑOS

Dejando atrás el departamento de la Lozère, nos adentramos en el de Herault, en Saint-Michel Grandont, un lugar de culto hace 5000 años, con piedras que corresponden a los siglos XII y XIII. Su arquitectura pertenece al gótico. Durante mucho tiempo llegó a ser una masia agrícola. En su interior se elaboraba vino. La familia Vitalis estuvo durante un siglo viviendo en este antiguo monasterio. En el Herault llegaron a existir 168 centros de culto. Éste es el único que está en píe. El resto están destruídos, en parte, o totalmente. Los monjes vivieron hasta el 1772. El claustro es románico y las galerías son góticas. En el siglo XX, el propietario eliminó un muro que unía la sala capitular y el reflectorio y se convirtió en una bodega. Los monjes de este monasterio tenían la costumbre de no comer carne, tan sólo pescado, que lo extraían de un vivero que tenían adjunto a su lugar de residencia. Actualmente, se celebran festivales de trobadores y encuentros de peregrinos que se reúnen para comentar experiencias y viviencias sobre el camino de Santiago. No es un lugar de hospedaje, aunque en un futuro prodía serlo, ya que sus actuales propietarios tienen la intención de construír habataciones para tal fin.

En la finca que abraza el monasterio existe una riqueza incalculable en piedras de la época neolítica: 4 cofres y varios menirs. Es, esta zona, el punto de Europa que cuenta con más cofres y menirs, uno de ellos es el único cofre que está cristianizado. Tiene una antigüedad de unos 4.600 años. Cuando vivían los monjes era utilizado por los cristianos para la curación de los enfermos de la piel. Se frotaban la piel con las piedras del cofre.



SANT GUILLEM DE DÉSERT, VERTEBRADO POR UNA SÓLA CALLE

Sant Guilhem de Désert es el pueblo de una sola calle. Ésta mide 500 metros de largo en sentido ascendente desde su entrada. Junto a la calle pasa el río Herault. Su arquitectura es totalmente románica. En la parte más alta se cultiva la viña y los olivares. Sus vinos son afrutados y delicados, y los aceites tienen un perfume elegante. Hace muchos años, havía una rivalidad entre las familias que vivían en la zona baja y la alta, y se trasformaba en que la iglesia tenía dos puertas de acceso a élla: una para los habitantes de la zona baja y otra para los de la alta, que venía a ser al mismo tiempo, la diferenciación de clases que existía en el pueblo: los pudientes y los pobres. Sant Guilhem de Désert cuenta con una impresionante abadía románica.

Durante la revolución francesa cada casa del pueblo guardaba un trozo de los restos de Sant Guilhem. Una inundación sufrida el 22 de septiembre de 1817 se cobró todo lo que contenía la abadía en su interior. Más tarde, los ciudadanos devolvieron los restos a la abadia y sobre un 15% de estos están depositados en un cofre. En su cripta se guarda la cruz de Sant Guilhem, que los habitantes del lugar cada primer domingo del mes de mayo la sacan en procesión.

En 1913, el norteamericano Georges Grey Barnard transportó las piedras del claustro de la abadía que fue destruída totalmente durante la inundación de 1817 hasta Burdeos y desde allí por mar hasta New York, donde en 1931 inauguró el museo Cloisters Museum con la reconstrucción de la abadia.

Sant Guilhem de Désert está dentro de la ruta de Santiago, en su camino del sur de Francia. Una parada obligada para peregrinos y visitantes. Merece la pena.



Enric Ribera Gabandé

Fotos: Pilar Rius




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